Cuando vemos a uno de los
vendedores de nuestra organización luchando por sobresalir, sin
lograrlo, es de lo más natural que queramos e intentemos ayudarlo.
Que queramos meternos en su camino
y abrir por él todas las puertas y quitarle todos los obstáculos.
¿No consigue que uno de sus
prospectos le de una cita? No hay problema: nosotros le hablamos.
¿No tiene dinero suficiente
para completar algún pago que deba hacer? Que no se preocupe: nosotros
le prestaremos.
¿No puede — o no quiere —
hacer una presentación de ventas con un cliente potencial? Ya sabe:
nosotros estamos a sus órdenes para acompañarlo y realizarla.
¿Es correcto todo lo anterior?
Sólo con dos condiciones básicas:
Una, que este Vendedor esté
apenas iniciando en el negocio y, por tanto, apenas aprendiendo a realizarlo.
Y, dos, que siempre nos acompañe
para que vea hacerlo y pueda, en base al ejemplo, aprender a llevarlo a
cabo por sí mismo la próxima vez.
Nuestra labor como supervisores no
es la de crear vendedores que se vuelvan dependientes de nosotros. Recordemos
que se trata de vendedores independientes.
El proporcionarle una oportunidad
a la gente para desarrollar su propio negocio, quiere decir darles también
el espacio suficiente para crecer por sí sólos y aprender
de sus aciertos y errores.
La gente se mueve a su propio ritmo
y por sus propias razones — no por las nuestras. Algunos dan pasos pequeños
y espaciados.
Otros
los dan gigantes y veloces. Permitamos a cada uno aprender, desarrollarse
y crecer naturalmente. Apoyémoslos, entrenémoslos, enseñémosles.
Pero, por el bien de ellos y de nosotros,
no nos volvamos supervisores “mamás-gallina.”